
Cuando le conocí había superado con creces los setenta años. Llegó, por la mañana, y me preguntó si había escuchado alguna vez a Edith Piaf. Bueno...la verdad es que solo recuerdo “la vie en rose”. Si, como todo el mundo pero yo necesito una canción que se titula “padam... padam...”, ¿la puedes conseguir y grabar?. Lo intento. Dejó su número de teléfono y se marchó, con su aire de galán, dejando un aroma a Varon Dandy. “Cet air qui m’obsède jour et nuit / cet air nest pas né d’aujourd’hui…” A los pocos días me llamó. ¿Tienes la canción, la necesito este sábado?. Sí, ven a verme y te llevas el cd. “Padam...padam...padam...”. Aquí lo tienes, ¿por qué tanta prisa?. Hace muchos años trabajaba como marino en un gran mercante. Salimos de Brasil a finales de junio y llegamos a Marsella en los primeros días de julio, por la tarde. Después de cumplir con la faena salimos a dar una vuelta. Al anochecer, en un parque cercano al puerto las luces de colores y la música animaban un baile. La ví sentada, sola, marcando discretamente el ritmo de la música con sus pies. Me acerque y la invité a bailar. Y llegó la canción. Bailamos toda la noche. Nunca más la volví a ver. El sábado voy a bailar y quiero escuchar esa canción otra vez. “Jén ai tout un solfége sur cet air qui bat.../qui bat comme un coeur de bois..../padam...padam...padam...”
La historia me la contó un señor, ya no recuerdo su nombre, que bailaba y bailaba todos los sábados en los bailes de jubilados. El cd se lo llevó a los músicos que una tarde de sábado tocaron para él y su chica “padam...padam...”.
Hoy viendo la foto y escuhando a Edit Piaff le recordé, quizás ya murió, no lo sé.













