
Cuando el abuelo murió no supimos que hacer con la barca. Al principio nos gustaba bajar por la ría. Incluso un día salimos a mar abierta: “La Galana” saltaba sobre las pequeñas olas de un mar en calma, con bandera verde, que refrescaba a los pocos bañistas que llegaban a la playa del pueblo. Fuimos muy felices en aquel tiempo, y eso que se había muerto el abuelo, curtido en mil galernas. Los estudios en la capital, la novia que hoy es mi mujer y los viajes en busca de horizontes bronceados parecían una buena excusa para no volver a un lugar en el que poco dejé. Solo recuerdos. Ayer volví con mi hija. Estaba muy ilusionada por conocer el pueblo, la casa de los abuelos y subir en “La Galana”.
Mientras "La Galana" se iba muriendo, a su alrededor las cosas iban cambiando. El pueblo está rodeado de urbanizaciones; han hecho una nueva carretera que termina a dos metros de la playa; la casa de los abuelos es una ruína y "La Galana" no es más que un esqueleto. ¿Cómo no escuché su llanto, qué cantos de sirena estuve siguiendo?. Sentí que había vendido mi infancia al mejor postor. Los recuerdos permanecen en nostros pero yo sabía que nunca podría llevar a mi hija al paraiso en el que disfrute los mejores años de mi vida. No pude evitar las lágrimas.
(los "horizontes bronceados" son de Berni, visitad su blog Tras La Piel)